El derribo

Definitivamente, la política se ha convertido en una empresa de derribos. No está mal. Las urnas se inventaron, entre otras cosas, para que el poder pudiera cambiar de manos de forma incruenta. Para cargarse a Rajoy, Sánchez se lió la manta a la cabeza y buscó alianzas indeseables. Pesaba más el enemigo común que el proyecto compartido. En Andalucía, con actores muy distintos, ha pasado algo parecido. La prioridad de retirar de la circulación al PSOE, después de 36 años de mangoneo hegemónico, ha hecho posible que tres partidos que se odian entre sí se hayan puesto de acuerdo en la demolición de Susana Díaz.

El problema es que los ciudadanos esperan de sus políticos algo más que la habilidad en el uso de la guadaña. Si lo nuevo no es mejor que lo antiguo, la decepción acaba por imponerse más pronto que tarde y los verdugos se convierten en víctimas. Véase, si no, la experiencia sanchista. Hace seis meses que asaltaron La Moncloa mediante una moción de censura y ya van como San Lamberto, con la cabeza cortada en su regazo, sin saber que están muertos. La España de enero de 2019 no es mejor, ni está más a salvo, que la de de junio de 2018. El quítate tú que me pongo yo no ha servido para mejorar nada.

Existe el peligro de que en Andalucía pueda pasar algo parecido. El único interés común entre los partidos del bloque de la derecha es sentar a los socialistas en la bancada de la oposición. Creo que Abascal tenía la idea inicial de demorar su apoyo al acuerdo de PP y Ciudadanos durante algunas semanas más para dejar claro que no iba a ser un convidado de piedra en el nuevo orden. Sin embargo, el clamor que comenzó a extenderse entre los suyos, incapaces de entender la dilación del relevo, le hizo cambiar de idea de un día para otro. Lo único urgente era exhibir la testa del PSOE desde las almenas de San Telmo. Lo demás, según parece, podía esperar.

Hecho lo fácil, ahora empieza lo difícil. Juanma Moreno no es un líder fuerte. Ha obtenido un resultado electoral pésimo. El peor de la secuencia histórica de su partido. Juan Marín no hará nada para fortalecerle. La pelea de Ciudadanos con el PP, y más en vísperas de elecciones municipales y autonómicas, será digna de los cantares de gesta. Vox tampoco acudirá en su ayuda. Sabe que su crecimiento en las urnas pasa por jibarizar al PP. Así que el nuevo presidente andaluz las pasará canutas. En el Gobierno y en el tendido parlamentario sus teóricos amigos le quieren más muerto que vivo. Ya veremos qué política constructiva sale de tanta emboscada.

De momento, con ese paisaje de fondo, Casado gana a los puntos el combate con Abascal. El documento de 19 propuestas que Vox mandó a Génova el martes por la mañana quedó reducido a casi nada 24 horas después. Los nuevos no consiguieron mantener en pie ninguna de las banderas distintivas de sus señas de identidad. Las propuestas sobre violencia de género, inmigración, LGTBI o celebración de la Reconquista quedaron desestimadas o pospuestas «ad calendas grecas». El documento final que se firmó en Sevilla olía a PP por los cuatro costados. ¿Para qué ha servido, entonces, la irrupción de Vox en el panorama político?

Esa será, de aquí a mayo, la gran cuestión. ¿Qué sentido tiene, para un votante comprometido, cambiar de apuesta y acabar apoyando a un partido nuevo que defiende lo mismo que defendía el anterior? Seamos serios: las diferencias programáticas de fondo entre PP y Vox son mínimas. No hay espacio para dos partidos tan parecidos en el espectro político. Uno de ellos tenderá a desaparecer. Si el PP retoma la defensa de los valores que Rajoy mandó a hacer puñetas, ¿qué interés tiene votar a su fotocopia? Pincho de tortilla y caña a que Casado utilizará la vitrina de la Junta de Andalucía para remachar esa idea. Él también necesita la muerte de sus socios para seguir vivo.

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