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El muerto olvidado del Valle de los Caídos

fecha inserción articulo01.07.2018 4:47   visitantes que han leido este articulo25 Personas leyendo   comentarios de usuarios0 Comentarios
Tags: Alicante, Antonio, Cruz, Pese, Diez, Como, Santa

Parece hecho que los restos de Franco van a ser exhumados por primera vez. Y que los de José Antonio Primo de Rivera lo serán por tercera y, en esta ocasión, sin los más mínimos honores. Porque sus dos exhumaciones anteriores fueron de apoteosis y a ninguna de las dos asistió Franco y solo a una, la segunda, de sus inhumaciones. El cadáver del Generalísimo reposará junto a los de su mujer e hija en el cementerio de El Pardo y el de José Antonio, que murió sin matrimonio ni descendencia, posiblemente será acomodado en lugar de poco relieve basilical. Sobre que Franco quisiera ser sepultado en la Basílica Menor de la Santa Cruz (su nombre literal) solo hay un testimonio de alguien que le oyó decir, ya casi terminada la obra, y señalando a la parte posterior del altar mayor, una frase escueta: «¡Méndez, yo aquí!», dirigiéndose al arquitecto que finalizó el templo. Sin embargo Franco compraría una sepultura familiar en el cementerio de El Pardo, donde también lo hicieron ministros y personalidades afines, con la intención de ser allí inhumados juntos a sus más próximos. Carrero Blanco, por ejemplo. Fuentes autorizadas presumen que fue el entorno político del Generalísimo con el presidente Arias a la cabeza quien, tras la primera alarma respecto a su salud, con la tromboflebitis que sufrió en el verano de 1974, se pensó su futuro entierro en la basílica de Cuelgamuros y que finalmente convencieron a su mujer y a su hija de que era lo más apropiado. Pero no hay afirmaciones categóricas sobre este asunto. José Antonio tuvo un entierro vergonzante y clandestino tras su fusilamiento en Alicante en 1936. Pero tras la victoria de Franco en la guerra civil, Falange se apresuró a exhumar su cuerpo y trasladarlo, en ceremonia solemnísima e itinerante, neoparnasiana y en cierto modo fantasmagórica, el 20 de noviembre de 1939, tercer aniversario de su fusilamiento. Su féretro sería llevado a hombros por cientos de relevos, entre los 450 kilómetros que separan Alicante y El Escorial donde sería enterrado con más relieve que un rey. Un imponente cortejo, alumbrado en la noche por antorchas, desde el benigno clima mediterráneo a la crudeza del frío escurialense. Diez días de marcha de una comitiva de uniformes con camisa azul, boina roja y corbata negra por carreteras ribeteadas por taciturnos espectadores brazo en alto. El uno de abril de 1959, veinte aniversario de la Victoria, se iba a inaugurar el monumental complejo del Valle de los Caídos, donde ya habían recibido sepultura 8.746 restos, alrededor de un 20% del bando republicano (en años sucesivos los sepultados allí serían cerca de 34.000). Franco había previsto que los de José Antonio ocuparan una sepultura ante el altar mayor, tres días antes de la inauguración, en una ceremonia de familiares y algunos miembros de la vieja guardia, con el ministro secretario general del Movimiento y escasas personalidades. Pero los falangistas se negaron a tan modesta ceremonia e instaron a Franco para que les permitiese obrar a su manera. El Generalísimo les dejó y montaron una réplica en pequeña escala de la primera exhumación. Cargaron a hombros con el féretro de José Antonio desde El Escorial a la basílica del Valle para recorrer catorce kilómetros en cuatro horas a paso solemne. Franco no asistió a la recepción de los restos en su nueva sepultura porque temía, fundadamente, una trampa para abuchearle. Dos años antes, en febrero de 1957, el Generalísimo había hecho una importantísima remodelación de Gobierno, en la que la aparición de los tecnócratas había relegado muy notablemente el poder de los falangistas. Y estos estaban muy quemados. Como los tecnócratas eran hombres del Movimiento Nacional, pensaban gritar «¡Falange sí, Movimiento no!» entre otras frases como «No queremos reyes idiotas» en alusión a que el Generalísimo ya había decidido neutralizar el intento de reforma constitucional del falangista Arrese, en la que se pretendía abolir la solución monárquica del Régimen. El desdén de los tecnócratas Y así, tres días después de que José Antonio fuera sepultado en la basílica, Franco inauguró el complejo funerario con los sectores falangistas que le eran más afines entre vítores y cerradas ovaciones. Y como, dentro de las llamadas familias del Movimiento Nacional, ni los democristianos, ni los tecnócratas, ni los monárquicos, mostraron algún interés por aquel monumento, los falangistas se hicieron con él y allí celebraban vistosas ceremonias con centurias y centurias del Frente de Juventudes que rendían honores brazo en alto, bien encuadradas, en la inmensa explanada que antecede al recinto religioso, Allí se daban grandes baños de multitudes los jerarcas de Falange y algunas veces el mismo Franco, que no obstante sería en dos ocasiones insultado. Una, cuando al dirigirse a la iglesia por el enorme espacio de recepción, una centuria de Falange obedeció la orden de «¡media vuelta!» y dio la espada al jefe del Estado. Y otra, cuando un falangista, en el silencio de la misa, cuando la consagración, gritó: «¡Franco, traidor a la Falange!». En fin, que difícilmente aquel era un lugar de reconciliación ni siquiera para las familias del Régimen. Lo patrimonializó Falange. Aquella basílica, entonces, más que de Franco, parecía de los falangistas. O de aquellos falangistas que querían gobernar después de Franco con la Regencia. Los mismos que, unos 18 años después, se diluirían en las urnas de la democracia.

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