Viernes, 19 Octubre 2018
Noticias relacionadas con: Creme
Ya hay fecha de lanzamiento para Assassin's Creed Rebellion

12.10.2018 0:15   3 Personas Leyendo  0 Comentarios
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Se trata de un nuevo RPG de estrategia para dispositivos móviles.

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Creen probado que abusó de su hijastra con síndrome de Down

11.10.2018 13:11   2 Personas Leyendo  0 Comentarios
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Las acusaciones mantienen la petición de penas de hasta ocho años de cárcel al considerar probado que el procesado es autor de un delito continuado de abuso sexual con penetración en la persona una discapacitada y la defensa pide la absolución Leer más »

Rocky y Adonis enfrentan su legado en el segundo tráiler de Creed II

26.09.2018 21:20   7 Personas Leyendo  0 Comentarios
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Esta secuela de Creed se estrenará en los cines a inicios del año próximo.

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La vuelta al cole entre rejas

23.09.2018 5:02   8 Personas Leyendo  0 Comentarios
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Teresa tiene 64 años y acaba de sacarse la ESO. Es de Barcelona, pero su acento evoca el Caribe. El título se lo mandarán al módulo de mujeres de Soto del Real donde vive desde hace 31 meses. Dice que por poco tiempo. «Traía droga en una maleta desde Colombia», cuenta. Pero eso es pasado. «Soy la única mujer que se ha graduado este año. Estoy muy orgullosa; siento no tener más tiempo por delante para estudiar. Al salir tengo que trabajar y buscar algo para sobrevivir». Elena Simón la escucha con atención y sonríe. Es la directora del colegio «Yucatán», el del centro penitenciario Madrid V, en Soto del Real. ABC ha asistido al inicio del curso escolar en estas aulas atípicas por las que asoman vidas heridas y vidas esperanzadas. Rostros llegados desde medio planeta y manos que se aferran a un bolígrafo como a un salvavidas. En lenguaje maya «Yucatán» significa «no entiendo, yo no soy de aquí», apropiado para quienes están de paso en esa estación en la que prevalece el sonido de las rejas metálicas. «En el momento en que entran en las aulas son alumnos, no presos». Sentados en sus pupitres, los internos se deshacen en elogios hacia sus maestros. Y los piropos son recíprocos. «Hay muchos profesores que piden dar clase en prisión», admite Elena Simón. «Es un trabajo diferente. Son adultos y son internos. Ves cómo te tratan y te valoran y es muy gratificante». Ella y los doce profesores del «Yucatán», en un módulo pulcro y plagado de carteles y dibujos que también alberga la biblioteca, acaban de hacer las pruebas de valoración inicial: 350 entrevistas. A tope El curso lo empiezan unos 300 internos. No hay más espacio ni más docentes. El resto entra en lista de espera, pero las listas de la escuela de presos de Soto fluctúan más que la Bolsa. Varían cada semana. Es un centro de preventivos y, por tanto, el movimiento es continuo. Cada lunes, nueva clientela. El 60 por ciento de quienes se forman entre esos muros son extranjeros. El grupo más numeroso es de sudamericanos, seguido por internos del Magreb y Norte de África y luego están los del Este de Europa: rumanos, georgianos y rusos. A las aulas se asoman también unas chicas taiwanesas y algún chino. María Ángeles, con la manicura perfecta y el pelo recién arreglado, está acabando la ESO. «Cuando termine voy a hacer auxiliar de Enfermería», explica ilusionada. Tiene una niña de siete años y lleva tres y medio en Soto. «Venía de Cabo Verde cuando pasó todo», dice y no quiere seguir. Es del madrileño Barrio del Lucero. Su pelo rubio contrasta con las abultadas trenzas negras de Emy y su compañera, ambas nigerianas. Unos bancos más atrás se apretujan dos polacos, un portugués y un italiano. Las chicas taiwanesas llevan un año aprendiendo español. Han pedido quedarse en nuestro país cuando salgan. En el «Yucatán» se imparten clases de Primaria, Secundaria, español para extranjeros y acceso a la Universidad para mayores de 25 años. La ESO se divide en dos ciclos: nivel uno (los dos primeros cursos) y nivel dos (los dos últimos). En las clases de español se mezclan nacionalidades y culturas aunque eso no impide que funcionen como un reloj. «Puede haber una discusión normal entre dos personas, pero peleas entre ellos que recuerde solo una en la que uno tiró una silla a otro. Todo está controlado. Tenemos la asistencia de un funcionario. En cada aula hay un timbre de alerta. En cada turno en el módulo hay 150 personas pero no vivimos problemas de convivencia. Estamos aquí también para enseñarlos a convivir», dice Elena. Las clases transcurren en ocho salas: cuatro pequeñas y cuatro más grandes. Lourdes, la profesora de español, lleva seis años afanándose en una de ellas. Se siente feliz. «En esta escuela hay infinitamente menos problemas que en cualquier centro de Secundaria. Los alumnos se portan muy bien. Es muy gratificante ver el interés que demuestran. Aquí venir a la escuela es un premio». Dificultad Explica las dificultades de un chino por ejemplo para hablar español. «Hay gente que ni siquiera tiene la grafía de las letras; tienen la grafía de cirílico, o árabe o chino... por eso hay una clase de alfabetización en la que pueden aprender a leer y escribir». Entre sus alumnos aún encuentra algún español casi completamente analfabeto. Antonio, zamorano de 50 años, corrobora que asistir a clase es un premio en la dura vida de prisión. Comercial y transportista, cumple condena por un robo con fuerza y está a expensas de unos meses para salir. Habla de reinserción real con profesores y terapeutas que se han volcado. Dice que ha tomado conciencia personal «más que nunca» y mira el futuro con ilusión. Mientras habla, con un discurso elaborado tal vez algo disonante en ese contexto, se afana sobre su cuaderno del curso de informática y sus esmerados apuntes. Antonio se deshace en elogios con los profesores. La devoción parece mutua, forjada a base de horas e historias no aptas para mentes estrechas. Jose Luis Urueña es el profesor de Matemáticas. Un histórico y un convencido. «Llevo en estas casas desde 1989». Estas casas, como las llama, son las prisiones españolas, cuando algunas de las actuales como Soto ni siquiera se habían empezado a levantar. Antes había un cuerpo de profesores de Instituciones Penitenciarias y existían incluso oposiciones específicas. En el año 2000 pasaron a depender de las consejerías de Educación respectivas. «¡Aquí no tenemos padres!» Calcula que ha dado clase a unos 4.000 presos. «Son casi 4.000 experiencias humanas. En un curso conoces un poco de la vida de cada uno y con la mayoría de ellos empatizas. Hay un poco síndrome de Estocolmo. O les odias o les coges cariño, como la vida misma... A ver que no vienen de Marte; la diferencia es que yo a la hora de comer me voy a mi casa y ellos se quedan». «¿Le gustaría dar clase en un colegio de los de fuera?». «Ni hablar, aquí no tenemos padres...», suelta rápido con una ruidosa carcajada. Varios de sus alumnos lo miran con una cercanía cierta. «¿Qué tal con la peruana?», le pregunta a uno de sus chicos. «¿Tienes ya derecho a roce?». El alumno se lleva la mano a la boca pidiéndole silencio. «Calla, calla que voy a comunicar con otra». Son las bromas talegueras, la vida al paso, exactamente igual que fuera de esas rejas que suenan terroríficas cuando se quedan a la espalda. Teresa, 64 años, ha conseguido su título. Teme al prejuicio. «Aquí también se puede estar por algo de tránsito o por no pagar impuestos o por errores. El error es justificable para uno mismo pero quizá para la sociedad no lo sea. Creen que todo el que sale de una prisión es un asesino. Y no es así». Casi nunca es así. Leer más »

Vivir entre okupas: «Esto es una ciudad sin ley, un enorme infierno»

22.09.2018 2:51   11 Personas Leyendo  0 Comentarios
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«Estoy empastillado. Ahora tomo una píldora para dormir, otra para combatir la ansiedad, antidepresivos... He llegado a estar ingresado en el hospital. Estoy desesperado. No encuentro solución alguna y nadie me ayuda». Eso dice Ramón (nombre ficticio). Tiene 46 años, reside en Puente de Vallecas y es el único propietario de su finca: el resto son okupas. Reside en el segundo distrito que encabeza el «ranking» de usurpaciones, por detrás del de Usera-Villaverde, según los últimos datos. «Lo peor es que no puedo marcharme. Aboné 72.000 euros y me quedan 140.000 por pagar los próximos 26 años [se le quiebra la voz]. He tocado muchas puertas, he hablado con el Ayuntamiento anterior y con este, sin resultados. La dejación de unos y otros está convirtiendo mi vida en un infierno», relata Ramón. Tiene miedo. Por eso no quiere que se facilite su dirección. «Me amenazaron hace tres años con ir a por mí si hablo», asevera, resignado. Asegura que su edificio es la nave nodriza de las mafias okupas de su barrio: «En cuanto un piso se queda vacío, se adueñan de él». Si por la mañana se produce un alzamiento, por la tarde apalancan la puerta antidesahucios que instala el juzgado y cambian la interior. Antes de irse, estas redes ya tienen el piso apalabrado. Pagan dos mil o tres mil euros por «la entrega de llaves», indica con ironía Ramón. Una vez dentro, resulta difícil demostrar que acaban de usurparlo. Es lo que le dice la Policía. En los últimos cuatro, años ha visto tres desalojos por piso: «Los que llevan las riendas de este ilícito negocio son gitanos de la Cañada Real. Al menos, es lo que proclaman ellos. Han venido en varias oleadas. Ahora, hay miembros de tres familias con 28 personas en total, la mitad, niños». Bloque ocupado en la calle Tomelloso, en Madrid - DE SAN BERNARDO Hace dos años, pared con pared, tuvo un narcopiso. «Aquí he visto de todo. Un tiroteo, peleas, el portal ensangrentado porque uno le arrancó a otro la oreja de un mordisco...». «Estoy empastillado. Tomo una píldora para dormir, antidepresivos y he llegado a ingresar en el hospital» Ramón, que compró el piso de vivienda libre porque estaba cerca de su trabajo, explica que su calvario comenzó al quebrar la inmobiliaria, cuatro años después de la entrega de llaves. Fue en 2014. Entonces se hizo cargo la financiera Servihabitat, de CaixaBank, a la que acusa de «despreocuparse». Se produjo un descontrol en los alquileres, que al subir, provocó el éxodo de los residentes. Y comenzaron las okupaciones, narra. «Llevo tiempo tratando de contactar con Gestin Sap, la entidad subcontratada para gestionar la finca, sin éxito», lamenta. «Solo vino un representante de la propiedad tras los disparos de un okupa a otro. Dejó un teléfono y un correo electrónico que ya no existe», agrega. Solo tiene comunicación con el administrador. Cada vez que este sufrido inquilino intenta contactar con los gestores o los dueños, obtiene la callada por respuesta. «Creen que con denunciar las okupaciones y pagar los gastos de la comunidad de los morosos se solucionan los problemas. No es así. Es un suma y sigue porque la historia se repite con el peliagudo problema de la convivencia». Sin luz, con robos... Ante el muro con el que se topa, relata que ha escrito a la empresa para que conozca cuál es la realidad que soporta. ¿El resultado? Le han incluido en la base de datos y le envían publicidad. Este hombre, dedicado a la docencia, se desespera cuando escucha gritos y no sabe de dónde proceden para llamar a la Policía o o ve que los «inquilinos» causan destrozos porque sí. Han estado un mes sin luz en la escalera porque han roto el temporizador; han robado los aparatos de aire acondicionado; entraron en su casa cuando se fue de vacaciones para «okupar» otra desde ahí... Ramón habla como para sí mismo: «He tenido que aprender a ceder, a negociar para que la convivencia no empeore, a hacerme respetar, y todo ello a base de tacto y de paciencia; recurriendo a la figura del que parece más sensato». Repite el mensaje que le lanza como un mantra: «Soy un currito, mi casa me cuesta mucho dinero y me duele ver las puertas o cerraduras reventadas, basura y comida por el suelo...». «No puedo irme de aquí y arruinarme; me quedan 26 años de hipoteca por delante en los que debo pagar 140.000 euros. Ya aboné 72.000. Esto es muy duro» Reconoce que el edificio se mantiene, mal que bien, porque está él dentro, aunque le gustaría marcharse, pero no puede por la hipoteca que le encadena como una condena. «A veces, trato de resignarme. Me digo a mí mismo que es lo que me ha tocado, pero es duro. Aunque busque vías de escape como salir por ahí, siempre temo que al regresar hayan okupado mi casa», recalca este hombre. «Esto es una ciudad sin ley, un infierno. Yo solo quiero una solución. Poder hablar con los dueños. Si quieren vender el piso a un fondo buitre que lo hagan. Necesito salir de aquí». La ley de la selva en Usera En Usera los okupas se concentran en el barrio de Almendrales. «Son pisos antiguos del Ministerio de la Vivienda. La crisis hizo que algunos pasaran a ser propiedad de los bancos. Hay un bloque entero usurpado que controla una familia gitana», indican dos vecinas. «Si tú quieres un piso, por 600 euros te busca uno el que controla», explica Paloma. Hay ventanas tapiadas y otras sin cristales abiertas de par en par. «En una casa intentaron colarse tres veces. En otra, lo consiguieron subiendo por las tuberías», narra Flor. Trapichean con drogas, tiran la basura por la ventana, acumulan neumáticos, bajan sofás y sillas a la calle, hacen barbacoas... «Muchos vecinos se han marchado porque no lo aguantan. Llevamos así 5 o 6 años. Las autoridades deberían hacer algo. ¡Es una pena!». Leer más »

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